martes, 2 de abril de 2013
La belleza tímida
La belleza tímida siempre me recuerda a los niños. Será porque la timidez me parece algo inocente que la madurez aniquila o deforma. Los niños - y los poetas, entre otros - se sorprenden de aquellas cosas que la costumbre y el cansancio de ser no nos dejan apreciar. Quizá es más bien esto lo que me hace relacionar la belleza tímida con los niños. Y con los poetas, visto así. Es algo natural para nuestros sentidos o razón, algo que tiene que ser así. Algo que debe ser así. Sin embargo, en algún momento apreciamos la belleza de su sinceridad y sencillez y entonces no podemos apartar los ojos u olfato, paladar o tacto, oído o pensamiento de ellas. Nos sorprende tal belleza. Y sonreímos, y nos sonríe. Como si se tratara de un guiño simpático que nos hace el universo, en su forma infantil, mientras juega a las canicas con los astros o átomos y ve de reojo que nos ha vuelto a coger desprevenidos. Gran juego, las canicas.
Si pienso en ejemplos, la fotografía es el primero que se me ocurre. No me extraña, somos principalmente visuales. La no paisajística tiene como máxima aspiración conseguir este tipo de belleza. Al menos, eso es lo que me parece a mí que hacen los fotógrafos. También ellos son poetas en cierto modo. También son niños. En música, se dan los dos extremos: la belleza tímida y la belleza extrovertida. Más que extrovertida, a veces es belleza exclamada. Erik Satie tocaba el piano mientras veía - se imaginaba - las canicas rodar. Beethoven comprendía la gravedad del asunto, entendía los movimientos, iba más allá del juego y la física, hasta convertir al niño en un profundo adulto. Y las cuerdas y vientos rugían belleza bajo su dirección. Debussy deambulaba de un lado para otro, a veces coloreando las canicas y otras buscando electrones perdidos para reconstruir el Big Bang. La música actual, como la fotografía y al parecer el curso de las artes hoy en día, parece buscar también la timidez en la belleza, o la belleza en la timidez. Se sirve de la intimidad para hacerlo.
La mayoría de las veces es así como se encuentra la belleza tímida. A solas, aislada, mirando muy de cerca o escuchando los silencios entre notas tranquilas. En un poema tan corto de letras que parece vacío - precisamente en esos vacíos -. Otras veces, sin embargo, y éstas son las que más me hacen disfrutar, uno la reconoce cuando de entre los rugidos de las demás bellezas surge un estar - que no es voz, palabra, no reclama el reconocimiento de ser belleza - natural, discreto y tranquilo que ensordece. O más bien enmudece. Con una rotundidad únicamente alcanzable desde la timidez, una rotundidad infantil. De repende, su silencio es el único sonido que te llega. Y sonríes, y el niño te sonríe y lanza símbolos contra símbolos observando cómo saltan chispas - teoremas - y configuraciones - ideas, intuiciones -.
No se puede decidir si son más bellas las canicas o la gravedad. No creo que sea necesario. Son diferentes y la misma cosa a la vez. Belleza, al fin y al cabo. La diferencia es la voz. Si te cruzas con una sinfonía de Beethoven, te inundará su "¡YO SOY TODO BELLEZA!" como respuesta a una pregunta que no has tenido tiempo de hacer. En cambio, si te encuentras con una belleza tímida, como ella o la distribución de colores - observada a un suspiro de distancia - de la arena de la playa, deberás interrogarla intensamente para obtener respuesta. "Yo soy...", dirá con cara de niño que estaba demasiado distraído como para saber qué había preguntado el maestro, "...todo...", buscando una salvación de pista en la pizarra y en la mirada de los compañeros que han sabido responder, "...¿yo?", dirá finalmente sonriendo con cara de haber dicho algo tan natural y sencillo que no parece una respuesta: "Yo soy todo yo, yo soy".
lunes, 25 de marzo de 2013
Ciudad
Caras y caras y caras y caras y caras y caras y más
caras. ¿Coches? No, a mí me gusta caminar. Caras y caras. La ciudad. Y caras.
Debajo el cuello hasta los hombros. Y sobre los hombros, columnas de
responsabilidades, palabras, números. Y entre todo eso, como teoremas que le
den sentido y dirección - hacia el cielo, quizá con un poco de inclinación que
obliga al cuerpo a compensarlo sufridamente -, más caras. Por la mañana, caras
que emergen del océano de suelo y cuerpos anunciándote la vida que avanza sumergida.
Me gusta figurarme cómo debe ser el resto del iceberg. Miro la cara, supongo la
columna e invento la vida submarina. Pero al fin y al cabo, lo único que hay
son caras flotando. Algunas cansadas, otras decididas, enfadadas, espirituales
o con un agujero en la punta del calcetín del pie derecho. Eso sucede. Caras
erguidas o con papada anímica. Caras. Hay casos en los que no tienes que
suponer la columna ni inventar la parte sumergida. Conoces fragmentos. En esos
casos, prefiero hablar de rostros. Rostros, amigos, familiares, rostros. Te
recuerdan que perteneces a algún sitio, el gran pedazo de hielo del que te
desprendiste, los icebergs con los que has navegado – flotado - temporalmente.
Rostros y sus columnas, que se enredan con la tuya y son visibles. Hombros
bellos sobre los que los colores acompañan el espacio vacío entre agua – calles
– y cielo – nubes, a veces -. Y bajo la superficie, grandes masas de gélida
vida que te rozan salvando el mar, cambiando tu rumbo, tu velocidad. Rostros. A
través del cristal de la cafetería de al lado de tu casa, sonrientes, mientras
preparan vitaminas para los hombros que esperan sentados. Tú también sonríes,
porque a ti no te las dan en vaso ni en plato, sino en forma de perturbación en
la corriente de la nada superacuática, que imprimen agitando la mano. Rostros.
En tu trabajo o en clase, oliendo las mismas ideas y urdiendo las mismas
gaviotas que tú. Por la noche, tarde, cuando lo único que necesitas es meter tu
columna bajo las sábanas y enroscarla alrededor de los sueños, para que hombros
y calcetines – agujereados o no – descansen, rostros. En la tienda en la que
compras chocolate para convencer a la parte sumergida de guardar silencio hasta
que te duermas. Rostros, como ya he dicho, caras al fin y al cabo, pero de las
que hacen que entre el océano y el espacio haya una masa sobre la que tu
columna flota un poco y parece menos pesada sobre tus hombros. Te quitas las
sábanas de encima, te metes bajo el agua para desenredarte y sales a la calle.
En pocos pasos la verticalidad de tu vida dice “ésta soy yo”. Y nadas. Entre
caras y más caras. ¿Qué es el mar sino caras derretidas, recuerdos y partes de
unos y otros? Una gran cara. Un gran rostro. No, tampoco me convence. Una gran
faz. Y sobre ella, caras y rostros y hombros. Algún dedo gordo de pie que otro
asoma y tú sonríes. Cruza la calle y agita la mano.
lunes, 18 de marzo de 2013
Papel mojado
Se acurrucó en un rincón y lloró. Durante horas, quizá días.
Lloraba, y cuanto más lo hacía, más subía el nivel de su tristeza. Ya había
alcanzado su barbilla, así que decidió ponerse de pie. Ahora estaba mejor, al
menos en cuanto a la sensación de ahogo: el pesar sólo le llegaba unos
centímetros por encima de las rodillas. Pero no podía dejar de llorar y pronto
los libros que había sobre la mesita de noche acabaron cubiertos. Ya no los
podría acabar de leer, pensó. Era una pena, había uno en particular que le
estaba gustando mucho, pensó. Otra pena, más pena, como si no tuviera bastante,
pensó. Y no tardó mucho la tristeza en crear realidades desplazadas respecto a
la que había por encima de su ombligo al trepar por el espejo del tocador.
Llegó en breve a sus clavículas: puede que tardara un par de pensamientos más,
una noche, cuatro cartas en el buzón y pico.
viernes, 8 de marzo de 2013
El observador
La mujer desfila erguida. Parece que todos sus movimientos han estado planificados por matemáticos y artistas para que se ajusten a un patrón de belleza y equilibrio que hace que el estudio de la simetría y la proporcionalidad sea un juego de niños. El perro baila con ella. La correa que los une parece la materialización de ese vínculo que supone responder a las mismas ecuaciones. Es sencillamente una forma de que los demás podamos entender que se rigen por las mismas leyes, como cuando en los libros de texto dibujan las órbitas de los planetas en las ilustraciones del Sistema Solar. Como cuando al resolver problemas geométricos dibujamos los puntos y las rectas como objetos bidimensionales - tridimensionales, si me apuras - , pese a que no lo sean, por el simple hecho de que ésa es la única forma que tenemos de verlos fuera de nuestra cabeza. Yo nunca he sido muy elegante. Y no me refiero a la forma de moverme, o a la apariencia. Tampoco al lenguaje o la expresión artística. Nunca he sido muy elegante, nunca mi existencia ha mostrado cierta elegancia en su transcurrir.
En un momento dado - el justo, el momento dado -, el perro llega a lo que parece una especie de remolino en el campo de elegancia que los guía y se desvía para acercarse a un magnífico árbol. No es un árbol. Es el árbol. La música cósmica para la que está confeccionada su coreografía parece estar llegando a un punto de inflexión. Parece acercarse a una leve pausa llena de tranquilidad, pero también de espera por lo que vendrá después. El perro micciona sobre el pie del tronco del árbol - hemos quedado en que es el árbol - durante esa pausa, también de una forma agraciada. Tras esto, hay unos segundos de deliberación armónica - posicional -. El hecho de que la correa no haya estado en ningún momento tensa me hace reafirmarme sobre mi concepción de ésta como una mera forma de poner de manifiesto la elegancia que los une para el resto de mortales o inanimados. Y cuando el perro vuelve a ocupar su lugar, reemprenden su marcha, como si se tratara de la reexposición final del tema principal. Parece que hay pequeñas variaciones, sobre todo en el carácter. Más alegre, festivo, contundente.
Así se alejan, y de su paso parece que los únicos testigos somos el árbol y yo. Admiro este tipo de árboles. El árbol es, en concreto, un plátano. Bueno, muy concreto no estoy siendo, porque recuerdo haber leído algo sobre la gran variedad de esa familia o conjunto de familias. Sigo con la mirada - que había vuelto al punto en que el árbol había sido testigo - el tronco, grueso, claro y con trozos de corteza aislados y dotados - ellos no, su sitiación - de una aleatoriedad digna de tener nombre propio y ser objeto de investigación en las lineas actuales de estudio de la probabilidad y la estadística. Al llegar a sus ramas, soy testigo del desprendimiento de una hoja. Estaba temblando, si bien no físicamente, al menos su esencia de parte de un ser vivo. Estaba temblando desde que supo que estaba muriendo a la espera de ese preciso instante. El instante. Y entonces ha dejado de temblar ante mis ojos. Ahora se desliza entre los rizos del aire. Baja con una elegancia magnífica, dotado a su vez de otra de esas aleatoriedades que me estrujan el cerebro y el alma haciendo que sienta algo entre congoja y alegría. Alegría al intuirlas por poder constatar que el universo tiene una hermosura - que podríamos llamar metabelleza - superior a todo lo que podríamos imaginar pero que está en todo lo que no nos hace falta ni imaginar. Congoja de no poder conocer esta aleatoriedad siendo mecido por su flujo, como el baile de la mujer y el perro o el caer de la hoja.
Así se puede decir que estoy yo ahora: temblando, esperando que me llegue el final. El médico me ha descubierto que formo parte de un árbol de hoja caduca y llega la época del deshoje y ahora tiemblo. Quizás no tiemble mi cuerpo, pero sí que lo hace mi esencia de ser vivo. Estoy aterrado esperando que llegue el instante en que me desprenda del árbol. Espero después comprender la aleatoriedad de todos esos campos físicos, matemáticos, artísticos, sensitivos que he intuido en las cortezas de los árboles, el andar de las personas, las alteraciones del clima o el maullido de los gatos. Espero comprenderla de la misma forma que la hoja ha comprendido el flujo del aire, su música, su ritmo, mezcla de timbres y colores, su armonía. Espero comprenderla en una elegante, tranquila y vana caída tras el desprendimiento, que me lleve a algún suelo donde sirva de alimento para otras vidas bellas o fructíferas o asalvajadas o simplemente vidas, como la hoja, que ahora mismo ha llegado al suelo de la misma forma con que los bebés encuentran el sueño. No hablo de mi cuerpo. No es ningún misterio por qué se va a desprender mi cuerpo del árbol y cuál es el camino que va a realizar. Y eso, al menos para mí, carece de la belleza necesaria para acongojarse y alegrarse. No, no es ése mi temblor ni tampoco la esperanza que hace que no llegue a ser un temblor físico.
Me levanto y pongo rumbo a casa notando cómo mi tiritera interna hace que mi andar sea menos elegante, si cabe. Definitivamente, no soy elegante en la mayor parte de aspectos. Quizá sí se puede considerar elegante en cierto modo mi forma de observar. Así que seguiré observando mientras tiemblo a la espera de ese preciso instante. Recuerdo la hoja. Espero el instante. Ese precioso instante.
lunes, 4 de marzo de 2013
El desierto bajo la ciudad
Hoy cuando iba en el metro me ha pasado algo. No estoy seguro de que los pronombres sean exactamente esos, pero creo que lo mejor es escribirlo todo de un tirón y ya se verá. Como decía, iba en el metro. Iba leyendo, como casi siempre, aunque al cerrar el libro cerca del final del trayecto me he asegurado de poner el marcapáginas en el lugar donde estaba antes de subir al metro porque no me había enterado de nada de lo que había repasado con la vista - cosa que, debo confesar, también me pasa muy a menudo-.
Nada era, pues, diferente al resto de días. También entre párrafo y párrafo levantaba la vista para inspeccionar a la gente del vagón. No es que los inspeccione, simplemente acudo a las luces de los carteles de encima de las puertas pensando que me voy a pasar de parada y ya que estoy miro con curiosidad cómo es el mundo fuera del libro (o de los pensamientos que me distraen del libro).
La gente del vagón entraba en la descripción que cabía esperar dada la zona de la ciudad por la que pasaba y la hora, nada importante. A unos metros de mí - no directamente encarada a mí pero sí se podría decir que con gran presencia del uno en el campo visual del otro - había una chica pelirroja. Era bastante mona y su mirada divagaba por el suelo y el resto de la estructura del tren. Alguna de las veces en que acababa de pronunciar en mi cabeza las palabras que conformaban un párrafo y levantaba la vista, nuestras miradas se habían cruzado - cosa nada fuera de los normal, comentada anteriormente la situación entre nosotros y nuestros campos visuales -.
A dos o tres paradas de mi destino, del vagón anterior al nuestro ha bajado una familia (parecían extranjeros) y los niños iban trotando, parecían alegres. Al sonar el pito repetitivo que avisa del inminente cierre de puertas, uno de los niños ha hecho una imitación de éste como si fuera uno de esos indios de las películas del oeste que gritan mientras se tapan y destapan la boca con la palma de la mano. La verdad es que la afinación y el timbre eran muy cercanos a los de la alarma de las puertas y también era una buena imitación por la parte amerindia de la comparación.
A veces me cuesta disimular mis reacciones cuando voy en el metro. Por todos es sabido que para ir en el metro se debe tener un semblante que represente un estado de ánimo gris, cansado y rutinario. Yo soy de los que se olvidan momentáneamente de este acuerdo implícito y se ríen alertando a los demás de su falta de educación. Así pues, me he reído y esta vez ha habido incluso sonido y espasmos de la musculatura de mi tronco. Al darme cuenta y ser capaz de reducirlo todo únicamente a la sonrisa, he inspeccionado -otra vez este verbo me parece demasiado exagerado para la acción que pretendo expresar, pero no encuentro otro más adecuado - a mis compañeros de vagón y al llegar a la chica pelirroja he visto que también reía y que parecía haberme visto reír.
Ha sido un segundo de complicidad. Después, ella ha vuelto al estudio de la estructura del tren - llevaba una carpeta que bien podía haber recibido al matricular alguna ingeniería o arquitectura - y yo he vuelto a mi libro. Entonces, el motivo por el cuál no leía lo que leía ha pasado a ser el porqué de no haber caído nunca en ese símil que para el niño alegre que iba al trote había sido tan evidente. He imaginado, al volver a oír el pitido, que ahora cada vez que pasara pensaría que era un asalto al convoy por los indios de alguna tribu del desierto que atravesábamos. De vez en cuando volvía a cruzar alguna mirada y sonrisa con la chica pelirroja (ya se sabe que transgredir una norma con un espectador y cómplice que también lo hace es de lo más divertido) y me he dado cuenta volviendo a sonreír del detalle de compartir el humor de aquel símil entre el sonido de aviso (que va acompañado del parpadeo de una luz roja encima de cada puerta) y los gritos de los pieles rojas con una pelirroja.
Así es como he acabado cerrando el libro y me he abandonado a la disquisición humorística y visual en torno al rojo y los asaltos de convoyes. Tal y como lo estoy contando, parece un gran trayecto, pero como ya he dicho, era cosa de dos o tres paradas únicamente. Así que tan pronto como he empezado a disfrutar, me he tenido que levantar y me he situado delante de la puerta para salir. Ésta estaba justo al lado del asiento que ocupada la chica taheña, así que me he pasado los segundos que faltaban hasta que pudiera abrir la puerta mirándola. Al final, ella me ha mirado, me ha sonreído y casi me encierran los indios en el tren. Creo incluso haberle dicho "adiós" acompañando la palabra con una leve inclinación de la cabeza, quebrantando de esta forma otra de las reglas no dichas pero universalmente sabidas del uso del metro como medio de transporte.
Por cierto, ya he logrado solucionar el problema de los pronombres de la primera oración: faltaba un "se". Y era la oportunidad.
domingo, 18 de noviembre de 2012
El sentido del humor
Se me
quedó mirando divertido. Sonreí y volví al libro que estaba leyendo. Hacía
fresco, así que me ajusté un poco el cuello del jersey y cubrí mis manos cuanto
pude con las mangas. Qué simpatía, la de los niños. Ya puede ser uno la
exaltación malhumorada de la apatía, que a ellos poco les importa. Te miran y
algo en ti (quizá es muy egocéntrico pensar que es así) les hace sonreír.
Tampoco sé si la criatura estaba sonriendo antes de que le devolviera la mirada
o si comenzó en ese preciso instante, porque la extrañeza de la diversión que
aparentemente le causaba me había distraído del orden de las cosas. Entonces,
¿sería simplemente un acto reflejo al contacto visual mutuo con otro ser humano
– algo así como una costumbre social adquirida por genética o mimetismo – o
sería, más bien, que la observación de o por mi individuo le brindaba algún
placer a su sentido del humor de andar por el jardín de infancia? Si es que se
podía decir que tuviera sentido del humor, claro. Levanté un momento la vista
de las líneas para sopesar las posibilidades: debía tener cuatro o cinco años, estaba
allí sentado al lado de su madre (que estaba en clara actitud de espera)
jugando lleno de curiosidad con los botones de su chaqueta y con el cráneo
embolsado en uno de esos gorritos con apéndices para tapar las orejas. Alguna
vez había presenciado en casa de algún familiar o amigo cómo niños en un estado
de desarrollo similar al de aquél lanzaban estridentes carcajadas viendo esos
dibujos animados de argumento y apariencia fundamentalmente fea y surrealista.
Eso quería decir que debía haber algo en ellos que les hiciera estallar en
risotadas respondiendo a algunas sensaciones, por lo que podríamos pensar que
sí, tienen sentido del humor. Pero aún sabiendo ahora que lo tenían, aún no
podía decidir si la diversión de la mirada del niño era fruto únicamente de la
simpatía social o si le había despertado – aunque de forma mucho menos intensa
– las mismas sensaciones que le llevaban frente al televisor a hacer vibrar el
aire que lo rodeaba de aquella forma tan macabra y tan natural para nosotros a
la vez que es la carcajada. En caso de tratarse de lo segundo, ¿quería esto
decir que – al menos no fundamentalmente, por la menor intensidad – había algo
en mí feo y surrealista? ¿Debía compartir con aquellos dibujos algo de su
ridícula excentricidad?
En ese momento batallé por unos instantes con las esquinas de las páginas hasta que logré separar en la que me encontraba de las demás. Y fue al pasarla cuando noté que llevaba bastantes párrafos procesando las palabras con la vista pero sin leerlas realmente. Decidí volver atrás y buscar el punto en que me había alejado de lo que Hermann Hesse me estaba diciendo sobre su lobo estepario y me concentré por completo en ello. Al fin y al cabo, era un inocente chiquillo, simpático y distraído. Al llegar nuevamente al paso de página, llegó ese alguien a quien esperaban – la madre activamente y el simpático hijo pasivamente – y me distraje. Acabé el párrafo y comprobé que iba siendo hora de volver a casa en busca de calor y cobijo. Para cerciorarme de que el frío era suficiente para dejar aquel banco que tanto me gustaba, solté una bocanada de aire caliente y pude contrastarla con claridad y definición contra el resto del aire, como si se tratara de una bocanada de humo o de una nube. Entonces vi que el niño lo había visto y me miraba separando los párpados y ayudándose para ello de un levantamiento de cejas, como si quisiera abrir los párpados más allá de las cuencas oculares. Un segundo después, soltó una bocanada de aire imitándome a la perfección, y al apreciar los mismos efectos, rió. No duró mucho su risa, pero mientras reía, volvió a mirarme y me dedicó parte de sus grititos. Era como si aquel renacuajo, tras la sorpresa de lo que yo podía hacer, se riera de haberlo realizado él también. Había observado algo que inicialmente le había chocado y acto seguido y tras ver que era sencillo como el respirar – nunca mejor dicho – , reía triunfante. Me sentí feo y surrealista, a la vez que patéticamente humillado al haber pensado que el chaval se estaba riendo de mí. Era un inocente y simpático crío, divertido ante la novedad de expulsar aire de color y que me hacía cómplice de su descubrimiento y diversión. La madre y el recién llegado – que supuse que sería el padre – cogieron cada uno de una mano al pequeño y encaminaron el paso mientras él aún miraba atrás para sonreírme por última vez. Cerré El lobo estepario, me ajusté un poco el cuello del jersey, encajé el libro entre mi brazo y mi caja torácica, metí las manos en los bolsillos y eché a andar maldiciendo aquellos dibujos animados fundamentalmente feos y surrealistas que trastornaban mi humor dejando intacto el de tantas inocentes criaturas.
En ese momento batallé por unos instantes con las esquinas de las páginas hasta que logré separar en la que me encontraba de las demás. Y fue al pasarla cuando noté que llevaba bastantes párrafos procesando las palabras con la vista pero sin leerlas realmente. Decidí volver atrás y buscar el punto en que me había alejado de lo que Hermann Hesse me estaba diciendo sobre su lobo estepario y me concentré por completo en ello. Al fin y al cabo, era un inocente chiquillo, simpático y distraído. Al llegar nuevamente al paso de página, llegó ese alguien a quien esperaban – la madre activamente y el simpático hijo pasivamente – y me distraje. Acabé el párrafo y comprobé que iba siendo hora de volver a casa en busca de calor y cobijo. Para cerciorarme de que el frío era suficiente para dejar aquel banco que tanto me gustaba, solté una bocanada de aire caliente y pude contrastarla con claridad y definición contra el resto del aire, como si se tratara de una bocanada de humo o de una nube. Entonces vi que el niño lo había visto y me miraba separando los párpados y ayudándose para ello de un levantamiento de cejas, como si quisiera abrir los párpados más allá de las cuencas oculares. Un segundo después, soltó una bocanada de aire imitándome a la perfección, y al apreciar los mismos efectos, rió. No duró mucho su risa, pero mientras reía, volvió a mirarme y me dedicó parte de sus grititos. Era como si aquel renacuajo, tras la sorpresa de lo que yo podía hacer, se riera de haberlo realizado él también. Había observado algo que inicialmente le había chocado y acto seguido y tras ver que era sencillo como el respirar – nunca mejor dicho – , reía triunfante. Me sentí feo y surrealista, a la vez que patéticamente humillado al haber pensado que el chaval se estaba riendo de mí. Era un inocente y simpático crío, divertido ante la novedad de expulsar aire de color y que me hacía cómplice de su descubrimiento y diversión. La madre y el recién llegado – que supuse que sería el padre – cogieron cada uno de una mano al pequeño y encaminaron el paso mientras él aún miraba atrás para sonreírme por última vez. Cerré El lobo estepario, me ajusté un poco el cuello del jersey, encajé el libro entre mi brazo y mi caja torácica, metí las manos en los bolsillos y eché a andar maldiciendo aquellos dibujos animados fundamentalmente feos y surrealistas que trastornaban mi humor dejando intacto el de tantas inocentes criaturas.
viernes, 21 de septiembre de 2012
La gran torre
Me despierta mamá y me dice que me duche, que
tenemos que salir. Como sé que hoy es el día, hago caso y salto de la cama.
Cuando salgo de la habitación, me giro y enciendo la luz de dentro. Ahora ha
desaparecido, es otra diferente. Creo que los interruptores de nuestra casa
transforman las habitaciones. La luz del baño está encendida. Entro, me desnudo
y me meto bajo el chorro de agua. Cuando éste está apuntando a mis ojos, los
abro para ver cómo inciden en mí las gotas de agua. Hoy son de un azul parecido
al color de bolígrafo que siempre utilizo y tienen forma puntiaguda, así que
vuelvo a cerrar los ojos para protegerlos.
Salgo y dejo que mi cuerpo se seque sin usar la toalla, viendo cómo el azul va dejando paso al color que mi piel tiene hoy (algo más rojizo que el habitual, algo más vivo). Antes de que se desvanezca, me fijo en el azul sobre mi cuerpo y reconozco que es más parecido al azul del cielo. Voy a la puerta de mi habitación, apago la luz desde fuera y entro contento de saber dónde están las cosas ahora que vuelve a ser mi habitación y no otra. Me visto con la ropa que ha dejado mamá preparada. Sé que no le gusta que me vista según mi criterio porque dice que mis gustos llaman mucho la atención y a ella no le gusta llamar la atención. A mí tampoco, pero no me doy cuenta de si la llamo.
En la puerta nos espera el hombre serio. Sonríe únicamente en el momento en que nos da los buenos días y luego su cara vuelve a caer como si hubiera levantado un camión con la musculatura facial. No me gusta ese hombre, pero dice mi madre que tiene que venir ahora que soy más vulnerable y no quiere que nada me haga daño. Salimos a la calle. El cielo está del color de mi piel, pero el gris del humo lo hace más sombrío. Los edificios están todos en ruinas y parece que los nubarrones que se ven a lo lejos vayan a hacer llover fuego en vez de agua. Debemos apagar el gran incendio.
Conforme vamos avanzando hacia el fuego veo más clara la urgencia con que debemos llegar a la gran torre. Cada vez con más nitidez, veo caer ráfagas de pequeños cúmulos de luz de color azul eléctrico, que dejan una estela de humo amarillo y cuando tocan el suelo provocan unas llamas carentes de luz que parecen consumirlo todo, pese a ser minúsculas. En un momento dado, una de estas ráfagas aterriza con suavidad cerca de donde estamos y corro hacia las llamas. Soplo con todas mis fuerzas, me quito la chaqueta e intento ahogarlas, pero el hombre serio me dice que no hay nada que hacer ahí, que debemos seguir nuestro camino y me quita la chaqueta.
Empiezo a correr, necesito llegar e informar a los magos. Ese incendio acabará con todos nosotros y con la existencia de gran parte del universo, en el mejor de los casos. Sin embargo, a pocos metros es como si a mi cuerpo lo retuviera algo. Miro hacia atrás y veo a mamá, mirándome con tristeza. Claro, ella no puede correr y mi cerebro no me permite dejarla atrás. Me pongo a su lado e intento tranquilizarla diciendo que llegaremos a tiempo para evitar este desastre.
Por fin llegamos a la gran torre. Recuerdo reconocer las letras gigantes que hay encima de la entrada, pero ahora es como si no pudiera ni percibirlas. Al cruzar la puerta, en lo que parece ser un segundo, todo el recorrido que debo hacer hasta la sala donde me esperan pasa ante mí con un desfilar frenético de puertas, escaleras y esquinas.
Al entrar a la estancia descubro que está iluminada por una especie de fuego carente de foco y que desprende una luz blanca que parece esterilizar el aire y purificar cuanto ilumina. Ante mí, los dos magos con su hábito en el centro y cuatro ayudantes pululando a su alrededor entretenidos con los preparativos. Ahora estoy tumbado sobre un lecho y los magos me cogen cada uno de un brazo, orientando las palmas de la mano y la zona del antebrazo que les prosigue hacia arriba. Pronuncian unas cuantas palabras el uno para el otro y el otro para el uno y me concentro en el techo. Empiezo a sentir una sensación extraña que nace de sus manos y tomo consciencia de lo que va a pasar a partir de ahora. Me colocan un casco negro que abarca todo el cuero cabelludo y el maxilar inferior y me piden que camine un rato, que sólo me tumbe cuando empiece a sentirme muy mareado. Me dejan solo allí, pero puedo oír sus voces a través del casco. También oigo a mamá y a Luís, Anna y Roger. Oigo el maullido de Kima. Parece ser que están todos conmigo.
Camino por la sala y empiezo a notar que el pulso va aminorando. Estoy bien, me encuentro bien. Si no fuera porque sé que me voy a morir tras ese mareo del que me han hablado, nunca se me pasaría por la cabeza que después de la sensación de paz que tenía ahora iba a venir el final. Es como si todas las culpas y las cargas y todos los enredos de pensamientos que siempre tenía hubieran desaparecido. Voy a morir, acabando de esta forma con las llamas, y después resucitaré. Estaré muerto tan poco tiempo que no hay peligro alguno para mis órganos vitales, pero será suficiente para que mi primer último aliento, junto al hechizo de los magos, acabe con toda la desintegración que estamos sufriendo.
Empiezo a impacientarme. Voy a poder sentir lo que es morirse con la tranquilidad de poder vivir después. ¿Cómo será la muerte? La sala está vacía y cada vez mis pensamientos son más difusos. Cruzo algunas palabras con los del otro lado del casco. “Bfff... Podía morirme ya, parece que nunca vaya a llegar”. Los magos empiezan a hablar algo agitados y entonces dejo de oírlos.
Parece que mi corazón casi no late. Siento que me cuesta respirar, como si la musculatura que controla las puertas de acceso del aire estuviera contrayéndose bajo las órdenes de la magia. Me siento algo mareado. Espero seguir siendo yo cuando vuelva a la vida. Quizá otra alma ocupe mi cuerpo antes de que me de tiempo a hacerlo a mí. ¿Y si no soy yo quien vuelve? ¿Y si no recuerdo a quienes tengo al otro lado del casco? ¿Y si no es suficiente para anular el fuego? Me tiembla todo. Estoy aterrorizado. Grito al casco lo que siento, agarrándome con fuerza a la zona que cubre el maxilar inferior. No quiero morir. Os quiero. No puedo morir, tengo miedo. Mi cuerpo no quiere morir. Os quiero. Os quiero. Estoy llorando y todos mis músculos luchan por vivir intentando encogerse para retener la vida dentro. He roto el trozo de casco al que estaba agarrado, todo está borroso. No tengo voz. ¿Cuánto hace que no respiro? ¿Cuánto tiempo lleva mi corazón sin latir? Un latido me quiebra por dentro y hace que todas las arterias de mi cuerpo se dilaten en la misma porción de tiempo. Después, un golpe lejano. Ya.
....................................
- ¿Cómo sabe que se va a morir? ¡Dijimos que no debía saberlo, maldita sea!
- Lo siento, doctor, no podía hacerle eso. Es un adulto. Es mi hijo adulto.
- ¡Entrad ahí, su sistema se está colapsando! ¡Debemos impedir que pierda la consciencia!
- Sí, señor, ya vamos.
- Señora, hace un mes que dejó la medicación para poder hacerse este tratamiento. El cerebro de su hijo era ahora un bullidero de alucinaciones, obsesiones y vaya a saber cuántos tormentos más. Debo dejarla, me necesitan ahí dentro.
- Ya... Llegamos tarde. Está inconsciente.
- Señor, ya es tarde para equilibrarlo y parar el proceso.
- No podemos hacer nada, no funcionará ningún tipo de reanimación. Jiménez, quédese aquí, anote la hora de muerte y desconecte todas las máquinas. Los demás, volved a vuestras tareas. Dejad entrar a la madre del chico pero antes dejadle bien claro que ya es imposible recuperarlo, no quiero que reciba la noticia aquí dentro.
Salgo y dejo que mi cuerpo se seque sin usar la toalla, viendo cómo el azul va dejando paso al color que mi piel tiene hoy (algo más rojizo que el habitual, algo más vivo). Antes de que se desvanezca, me fijo en el azul sobre mi cuerpo y reconozco que es más parecido al azul del cielo. Voy a la puerta de mi habitación, apago la luz desde fuera y entro contento de saber dónde están las cosas ahora que vuelve a ser mi habitación y no otra. Me visto con la ropa que ha dejado mamá preparada. Sé que no le gusta que me vista según mi criterio porque dice que mis gustos llaman mucho la atención y a ella no le gusta llamar la atención. A mí tampoco, pero no me doy cuenta de si la llamo.
En la puerta nos espera el hombre serio. Sonríe únicamente en el momento en que nos da los buenos días y luego su cara vuelve a caer como si hubiera levantado un camión con la musculatura facial. No me gusta ese hombre, pero dice mi madre que tiene que venir ahora que soy más vulnerable y no quiere que nada me haga daño. Salimos a la calle. El cielo está del color de mi piel, pero el gris del humo lo hace más sombrío. Los edificios están todos en ruinas y parece que los nubarrones que se ven a lo lejos vayan a hacer llover fuego en vez de agua. Debemos apagar el gran incendio.
Conforme vamos avanzando hacia el fuego veo más clara la urgencia con que debemos llegar a la gran torre. Cada vez con más nitidez, veo caer ráfagas de pequeños cúmulos de luz de color azul eléctrico, que dejan una estela de humo amarillo y cuando tocan el suelo provocan unas llamas carentes de luz que parecen consumirlo todo, pese a ser minúsculas. En un momento dado, una de estas ráfagas aterriza con suavidad cerca de donde estamos y corro hacia las llamas. Soplo con todas mis fuerzas, me quito la chaqueta e intento ahogarlas, pero el hombre serio me dice que no hay nada que hacer ahí, que debemos seguir nuestro camino y me quita la chaqueta.
Empiezo a correr, necesito llegar e informar a los magos. Ese incendio acabará con todos nosotros y con la existencia de gran parte del universo, en el mejor de los casos. Sin embargo, a pocos metros es como si a mi cuerpo lo retuviera algo. Miro hacia atrás y veo a mamá, mirándome con tristeza. Claro, ella no puede correr y mi cerebro no me permite dejarla atrás. Me pongo a su lado e intento tranquilizarla diciendo que llegaremos a tiempo para evitar este desastre.
Por fin llegamos a la gran torre. Recuerdo reconocer las letras gigantes que hay encima de la entrada, pero ahora es como si no pudiera ni percibirlas. Al cruzar la puerta, en lo que parece ser un segundo, todo el recorrido que debo hacer hasta la sala donde me esperan pasa ante mí con un desfilar frenético de puertas, escaleras y esquinas.
Al entrar a la estancia descubro que está iluminada por una especie de fuego carente de foco y que desprende una luz blanca que parece esterilizar el aire y purificar cuanto ilumina. Ante mí, los dos magos con su hábito en el centro y cuatro ayudantes pululando a su alrededor entretenidos con los preparativos. Ahora estoy tumbado sobre un lecho y los magos me cogen cada uno de un brazo, orientando las palmas de la mano y la zona del antebrazo que les prosigue hacia arriba. Pronuncian unas cuantas palabras el uno para el otro y el otro para el uno y me concentro en el techo. Empiezo a sentir una sensación extraña que nace de sus manos y tomo consciencia de lo que va a pasar a partir de ahora. Me colocan un casco negro que abarca todo el cuero cabelludo y el maxilar inferior y me piden que camine un rato, que sólo me tumbe cuando empiece a sentirme muy mareado. Me dejan solo allí, pero puedo oír sus voces a través del casco. También oigo a mamá y a Luís, Anna y Roger. Oigo el maullido de Kima. Parece ser que están todos conmigo.
Camino por la sala y empiezo a notar que el pulso va aminorando. Estoy bien, me encuentro bien. Si no fuera porque sé que me voy a morir tras ese mareo del que me han hablado, nunca se me pasaría por la cabeza que después de la sensación de paz que tenía ahora iba a venir el final. Es como si todas las culpas y las cargas y todos los enredos de pensamientos que siempre tenía hubieran desaparecido. Voy a morir, acabando de esta forma con las llamas, y después resucitaré. Estaré muerto tan poco tiempo que no hay peligro alguno para mis órganos vitales, pero será suficiente para que mi primer último aliento, junto al hechizo de los magos, acabe con toda la desintegración que estamos sufriendo.
Empiezo a impacientarme. Voy a poder sentir lo que es morirse con la tranquilidad de poder vivir después. ¿Cómo será la muerte? La sala está vacía y cada vez mis pensamientos son más difusos. Cruzo algunas palabras con los del otro lado del casco. “Bfff... Podía morirme ya, parece que nunca vaya a llegar”. Los magos empiezan a hablar algo agitados y entonces dejo de oírlos.
Parece que mi corazón casi no late. Siento que me cuesta respirar, como si la musculatura que controla las puertas de acceso del aire estuviera contrayéndose bajo las órdenes de la magia. Me siento algo mareado. Espero seguir siendo yo cuando vuelva a la vida. Quizá otra alma ocupe mi cuerpo antes de que me de tiempo a hacerlo a mí. ¿Y si no soy yo quien vuelve? ¿Y si no recuerdo a quienes tengo al otro lado del casco? ¿Y si no es suficiente para anular el fuego? Me tiembla todo. Estoy aterrorizado. Grito al casco lo que siento, agarrándome con fuerza a la zona que cubre el maxilar inferior. No quiero morir. Os quiero. No puedo morir, tengo miedo. Mi cuerpo no quiere morir. Os quiero. Os quiero. Estoy llorando y todos mis músculos luchan por vivir intentando encogerse para retener la vida dentro. He roto el trozo de casco al que estaba agarrado, todo está borroso. No tengo voz. ¿Cuánto hace que no respiro? ¿Cuánto tiempo lleva mi corazón sin latir? Un latido me quiebra por dentro y hace que todas las arterias de mi cuerpo se dilaten en la misma porción de tiempo. Después, un golpe lejano. Ya.
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- ¿Cómo sabe que se va a morir? ¡Dijimos que no debía saberlo, maldita sea!
- Lo siento, doctor, no podía hacerle eso. Es un adulto. Es mi hijo adulto.
- ¡Entrad ahí, su sistema se está colapsando! ¡Debemos impedir que pierda la consciencia!
- Sí, señor, ya vamos.
- Señora, hace un mes que dejó la medicación para poder hacerse este tratamiento. El cerebro de su hijo era ahora un bullidero de alucinaciones, obsesiones y vaya a saber cuántos tormentos más. Debo dejarla, me necesitan ahí dentro.
- Ya... Llegamos tarde. Está inconsciente.
- Señor, ya es tarde para equilibrarlo y parar el proceso.
- No podemos hacer nada, no funcionará ningún tipo de reanimación. Jiménez, quédese aquí, anote la hora de muerte y desconecte todas las máquinas. Los demás, volved a vuestras tareas. Dejad entrar a la madre del chico pero antes dejadle bien claro que ya es imposible recuperarlo, no quiero que reciba la noticia aquí dentro.
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